¿Dónde están las llaves?
As part of EUROPALIA España and with the support of the Instituto Cervantes, we asked two Spanish authors, Virginia Mendoza and Jesús Carrasco, to write a text on a shared theme: water. The authors presented their texts on 15 January at the Passa Porta Bookshop. In “¿Dónde están las llaves?” (Where Are the Keys?), Virginia Mendoza shows how people whose homes have been swept away keep the memory of their homes alive by cherishing their keys as heirlooms.
Here is the original text in Spanish.
Para el desterrado son tan importantes las llaves como los pies porque a veces tiene que huir a toda prisa, pero siempre, en el fondo, deja el hogar con la esperanza de regresar. ¿Y qué es un hogar si no un sitio al que volver? ¿En qué se convierte un hogar cuando ya no se puede regresar; cuando se lo ha tragado el agua? La renuncia se transforma en una herida de esas que, como un verso de Joan Margarit, “es también un lugar donde vivir”. A veces se infecta, se transmite o se cura. Pero siempre deja una cicatriz.
Los vecinos de Aceredo (Ourense) cerraron sus casas con llave para que no entrara el agua. Los de Vegamián (León) se llevaron las llaves como ya habían hecho judíos, palestinos y armenios. El artista turco Memed Erdener rindió homenaje a los armenios expulsados del Imperio Otomano durante el genocidio armenio, y también a los que lograron quedarse o volver, reuniendo infinidad de llaves. Los refugiados sirios que consiguieron coger las llaves de sus casas las guardan hoy como tesoros portadores de una incertidumbre que a veces es nostalgia y otras esperanza. Hay objetos que constituyen la parte material de la memoria y que van más allá de lo que entendemos por recuerdo físicamente hablando. Son objetos que hablan de memoria colectiva, que pasan de padres a hijos. Entre los desterrados ese objeto es la llave.
Una de las protagonistas de Adiós a Matiora, la novela de Valentin Rasputin, limpia su casa, la deja lista para recibir visitas y cierra la puerta antes de partir. Pero los hay, también en ese libro y en la realidad, que queman y derrumban sus propias casas cuando dejan de ser suyas para intentar hacer el dolor más llevadero aunque no lo consigan. Se marchan, incluso cuando un embalse cubre sus pueblos, con una duda:
“¿Volveremos algún día?”.
Todos ellos, como reflejan las obras de Julio Llamazares, Valentin Rasputin o Jesús Moncada, comparten la incredulidad antes de que pasara lo que pasó (¿Cómo van a inundar mi pueblo, paraíso eterno?); el dolor y la rabia, sobre todo si intentaron resistir cuando pasó lo que pasó; y el anhelo de volver después de que pasara lo que pasó. Es decir, el de reunirse con su pueblo y con sus muertos de la única manera posible: convertidos en ceniza, que es la historia que cuenta, en definitiva, Distintas formas de mirar el agua. En esa novela, Julio Llamazares pone en boca de uno de sus personajes “la imagen de mi padre cerrando con la llave nuestra casa de Ferreras y guardándola en el bolsillo cuando terminamos de cargarlo todo (como si no supiera que en poco tiempo el agua iba a sepultarla)”. Años después, en su columna de El País, este autor leonés que vivió parte de su infancia en un pueblo hoy sumergido, retomaba el simbolismo de la llave entre los que no pueden volver a casa: “Uno las tiene vistas en muchos de sus domicilios nuevos colgadas en un lugar preferente o guardadas en cajones como si se tratara de verdaderas joyas pese a su manifiesta inutilidad”. Recordaba, además, cómo algunos de sus vecinos pidieron en su testamento no solo que lanzaran sus cenizas al embalse, sino también las llaves de sus casas cerradas e inundadas. Svetlana Byom decía en El futuro de la nostalgia que para Celeste Olalquiaga la Atlántida no era un paraíso que recuperar, sino, en palabras de Boym: “una ‘civilización perdida’ con la que había que conectar a través de las ruinas, los vestigios y los fragmentos”. Es decir: las llaves.
Sin la herida del destierro y del agua no existirían los libros de Jesús Moncada, que ambientó casi toda su obra en la parte sumergida de su pueblo, ni algunos de Julio Llamazares y Valentin Rasputin. Cada uno transmite la memoria como quiere, como puede, como le dejan, y ellos eligieron convertir Mequinenza, Vegamián y Atalanka en sus respectivos Macondos. Gracias a la escritura, los tres pueblos salen de las aguas en sentido figurado.
“La escritura, como fármaco de la memoria, significa, en primer lugar, el descubrimiento de esa necesidad de ampliar todo lo posible, más allá del tiempo en que resuena, la experiencia de la vida en nuestro cuerpo, el espacio de nuestra consciencia”
Pero “fármaco de la memoria” es también el olvido, como lo era el loto para los Lotófagos de la Odisea: “les dieron de comer loto, y el que comía de ese fruto, dulce como la miel, ya no quería traernos noticia de nada, ni regresar, y lo que deseaba era quedarse allí con los Lotófagos, comiendo loto y olvidado de su regreso”. Para evitarlo, Ulises pidió a los suyos que embarcaran a toda prisa, para que no se olvidasen del regreso, de la necesidad de regresar a casa. Aunque no existen tales fármacos en sentido literal, la nostalgia era una enfermedad en el siglo XVI que en pleno siglo XX aún se diagnosticaba al menos en Israel, como nos recuerda Boym. Aquellos que añoraban su tierra natal hasta enfermar sufrían todo tipo de síntomas y se mostraban indiferentes y demacrados y oían voces y hasta veían fantasmas. La epidemia de nostalgia afectaba sobre todo a los soldados que estaban lejos de su tierra precisamente para luchar en su nombre, a los marineros que se echaban a la mar y quedaban en manos de un futuro incierto y a quienes procedían de zonas rurales.
No hay vida sin olvido y no hay memoria sin olvido. Como explicó Marc Augé en Las formas del olvido, aquellos que han sufrido una vivencia traumática compartida que pasa a ser trauma colectivo necesitan aferrarse al olvido para seguir adelante, pero el deber de memoria histórica está en las manos de los que vendrán después. “El deber de la memoria es el deber de los descendientes y tiene dos aspectos: el recuerdo y la vigilancia”, escribó Augé. Son los descendientes los que se encargan de recordar lo que quienes realmente vivieron una situación traumática colectiva necesitaron olvidar, aunque sea en parte para poder seguir vivos. O, por resumirlo con sus palabras: “Hay que olvidar el pasado reciente para recobrar el pasado remoto”.
No podemos saber cuántos de esos niños que crecieron en lugares hoy desaparecidos, sumergidos, jugaban cantando ¿Dónde están las llaves? Matarile, rile, rile sin saber que todo aquello iba a acabar casi literamelmente como la canción: En el fondo del mar, matarile, rile, rilerón. Pero basta imaginarlo para sentir una punzada que es el eco de su nostalgia. Antonio Manuel habla de la simbología de la llave entre judíos sefardíes y musulmanes andalusíes expulsados y de la relación de la llave con la memoria en su libro Flamenco. Arqueología de lo jondo. A propósito de la canción infantil mencionada, de origen árabe, aclara: “En árabe las palabras mawt y rihla significan muerte y viaje”. Y equipara el grito flamenco al “dolor por la pérdida cruel de las llaves, de la vida y de la esperanza de quienes murieron ahogados camino del exilio”. Y, por eso, supongo, estruja el alma ver un vídeo en el que un hombre de Oliegos (León) cierra su casa por última vez. Mientras sujeta una silla y su mujer le observa abrazada a una gallina, él tira la llave antes de partir a un pueblo nuevo que, en realidad, estaba a medio construir y a dos días en carro. Pero eso él aún no lo sabía.
“Nací aquí y aquí quería morir”.
Eso dice una vecina de Aceredo, hoy bajo las aguas, a un periodista de la televisión gallega antes de que inunden su pueblo en el documental Os días afogados. “Quería morir aquí”. En esa forma de querer morir, en esa forma de conjugar el verbo, hay tanto desasosiego y una renuncia tan inmensa que resulta impensable que sus nietos y bisnietos no estén sintiendo ya o no vayan a sentir la nostalgia por un lugar que quizá no conocieron. Ya nunca lo conocerán, pero el dolor de su abuela, como el de Toro Sentado, seguirá percutiendo en la memoria de las generaciones venideras. “Quería morir aquí”, recordarán. Y también se preguntarán: “Pero ¿dónde es ‘aquí’?”. El descenso de las aguas que provoca la sequía les mostrará, como ya hizo alguna vez, la casa de su abuela, como espejismo, como fantasma que pregunta: “¿Recuerdas?”; como fantasma que recuerda a los vivos lo que le hicieron cuando le arrebataron la vida. Sacará del olvido las casas convertidas ya en esqueletos inhabitables cuya contemplación sosegará a unos y sumirá en una tristeza profunda a otros. Después de agitar la memoria de los que aún viven, volverá a esconderse bajo las aguas. Pero ya no será un pueblo. Será otra cosa y estará hecha de memoria.