El agua nos dio la forma
As part of EUROPALIA España and with the support of the Instituto Cervantes, we asked two Spanish authors, Virginia Mendoza and Jesús Carrasco, to write a text on a shared theme: water. The authors presented their texts on 15 January at the Passa Porta Bookshop. In “El agua nos dio la forma” (Water Shaped Us), Jesús Carrasco takes us back to the hot summers of his childhood in a Spanish village, where he and his brother would search for the place where the water hid during the day.
Here is the original text in Spanish.
Recuerdo que durante los veranos de mi infancia, en el pueblo toledano en el que crecí, el agua se ibacada día a las diez de la mañana y volvía a las ocho de la tarde. Así lo decía la gente cuando se encontraba por la calle: perdona que no me entretenga, pero tengo que llegar a casa antes de que se vaya el agua; ¿A qué hora se fue el agua ayer?; préstame un cubo de los tuyos porque a mí se me ha pasado llenar los míos antes de que se fuera el agua.
Decir que el agua se iba, en lugar de decir que el suministro había sido cortado, le otorgaba al hecho un sentido inconcreto y misterioso. Y como éramos niños, nos tomábamos lo que escuchábamos de los mayores al pie de la letra. Si el agua se va, pensábamos, necesariamente se tiene que ir a alguna parte. Como si el agua fuera, en realidad, un ente con capacidad para decidir. Por eso cada día, antes de marcharse, imaginábamos que el agua se ponía un sombrero, se echaba la gabardina al brazo, cogía su maleta del suelo, abría la puerta y salía en silencio cerrando la puerta tras de sí. Y mis padres, mis hermanos y yo nos quedábamos en la casa, desamparados, a la espera de su vuelta, algunas horas más tarde. Ese era nuestro único consuelo: saber que cada tarde regresaba.
El agua, en realidad, no se iba a ninguna parte. Se quedaba dentro de las cañerías que estaban ocultas en el interior en las paredes y los muros. Permanecía ahí, en silencio, agazapada, tan solo a unos centímetros de nosotros aguardando a que un operario del Ayuntamiento recibiera la orden de restaurar el suministro para el pueblo.
En lo que a los niños respectaba, el agua pasaba el día fuera, en algún lugar que no conocíamos. Imaginábamos que no debía ser fácil para ella vivir almacenada en un depósito y limitarse, como mucho, a circular por unas cañerías estrechas, muchas en mal estado. Ese era el motivo por el que pensábamos que el agua se marchaba, para poder hacer la clase de cosas que al agua le gusta hacer y que dentro de las casas no tenía permitido.
En las casas, por ejemplo, no podía resbalar por entre las piedras de un arroyo de montaña; o caer desde unas densas nubes sobre la fertilidad de una tierra sedienta; en casa no se le permitía llenar una habitación hasta la altura del reloj de pared para que los niños pudiéramos sumergirnos en ella y nadar, dejando que su humedad envolvente acariciara nuestra piel y la refrescara.
En las casas el agua no podía vivir salada y dar cobijo a peces tropicales y arrecifes. No podía crear olas que terminaran rompiéndose contra los acantilados, creando puentes y catedrales de piedra, como en Étretat. Por ese mismo motivo en casa no se podían cabalgar olas gigantes subidos en tablas de surf, como sí sucede en Nazaré.
Tampoco podía el agua precipitarse desde el techo formando una catarata tras la que había una cueva donde unos piratas habían escondido su tesoro. El agua corriendo por acequias que irrigaban campos de algodón, las pequeñas nubes blancas de fibra punteando las matas, la única nieve que el sur conocía: tampoco eso podía hacer el agua dentro de las casas. No podía encharcar los bancales que llevan el arroz a la mesa de los pobres. No podía formar deltas. No podía generar electricidad. En casa, el agua no podía estancarse hasta que sobre ella crecieran nenúfares y croaran ranas. Monet, por ejemplo, no habría podido pintar Giverny en nuestra casa.
Un día, mi hermano y yo, azuzados por la curiosidad, salimos a la calle y nos fuimos en su busca. Queríamos saber a dónde iba cada día, por qué era tan importante para ella marcharse a ese sitio, en lugar de pasar el día con nosotros. Como es natural, el primer lugar que fuimos a inspeccionar fue el exiguo arroyo que pasaba cerca del pueblo. Pero era verano y allí no estaba el agua, aunque sí algunos esforzados chopos, árbolesde la ribera que un día fue.
Me pregunté dónde estaría. Si yo fuera agua habría ido a derramarme entre los surcos de las huertas para filtrarme en la tierra, darles rojo a los tomates y cárdeno a las berenjenas. Así que dirigimos nuestros pasos hacia el lugar en el que la señora Amalia tenía su huerta. La única que, por entonces, aguantaba dentro del municipio, rodeada por edificios de varias plantas que ya habían empezado a sustituir a las antiguas casas bajas.
La señora Amalia vestía siempre de negro y a nosotros nos parecía que, por entonces, tenía entre trescientos y cuatrocientos años. Se ganaba la vida de dos maneras y, para las dos, dependían del agua que almacenaba allí mismo, en una alberca redonda, la forma que acostumbraban a tener los depósitos de riego en aquella zona.
Fui a visitar la alberca algunos años después de la muerte de la señora Amalia, solo unas semanas antes de que llegaran las máquinas para destruirla y convertir también su huerta en bloques de pisos. Recuerdo el cemento cuarteado por el que brotaban glastos, amapolas y manzanillas. Las paredes rajadas, la pintura desportillada. Las risas de los niños, sus chapoteos como un eco lejano que solo yo escuchaba.
Porque una de las dos maneras que tenía la señora Amalia de ganarse la vida era cobrando una pequeña cantidad a cambio de que los niños nos bañáramos en su alberca. Con esa misma agua en la que jugábamos, la mujer también regaba su huerta. En verano mi madre le compraba las verduras que maduraban con el calor. Yo cenaba cada noche una ensalada de tomates, cebolletas, aceite de oliva y sal. Y algo de mí, de todos los niños del pueblo, en realidad, estaba también en aquel plato, tan lleno de poesía como de microorganismos.
Aquellas mismas noches de verano, las ventanas abiertas de par en par, el chirrido de las cigarras y el canto de los grillos en la distancia. Los aromas de hierba tostada que el aire traía desde los campos roturados que rodeaban el pueblo. Los murciélagos requebrando en la noche, abriendo sus bocas minúsculas, librándonos de los mosquitos. Pues bien, durante aquellas noches cálidas nuestra madre nos hablaba de su infancia en Feria, el pueblo de la provincia de Badajoz en el que nació.
Allí, la guerra había dejado heridas en muchas familias y en no pocas fachadas. La electricidad todavía no había llegado al pueblo. Tampoco el agua corriente. En aquel entonces, algo antes de que los pueblos fueran vaciados por la gran migración interior, Feria vivía su apogeo de familias, cabreros, segadores, comerciantes, esparteros y hortelanos. Y todas esas gargantas dependían únicamente de un par de fuentes públicas. Caños los llamaban.
Las mujeres, siempre las mujeres, llevaban hasta ellos sus cántaros de arcilla. Pero era tan raquítico el chorro que salía de aquellas fuentes, que las mujeres dejaban los cántaros esperando turno mientras ellas regresaban a sus muchos trabajos. Los cántaros formaban una fila que serpenteaba por las calles retorcidas y empinadas. ¿Por dónde va la fila?, preguntaba alguien. Por el Ayuntamiento. Por casa de José Leva. Por la Corredera, contestaban.
La familia de mi madre vendía churros en invierno y helados en verano. Para los churros, agua. Para el hielo de los helados, agua. Agua con escasez de chorrillo en agosto, con una fuerza arrasadora durante las tormentas de otoño. En una ocasión mi madre contó que, de joven, vio pasar frente a su casa, arrastrada por el torrente, calle abajo, la placenta de un recién nacido. De agua era el que nacía, en el agua de la placenta flotaba, agua rota de la madre exhausta.
Pienso en mi madre. Pienso en mis abuelos. Pienso en su sed, que era la sed de un pueblo entero intentando levantarse después de una guerra interminable. Pienso en cómo se ha transformado España donde hoy, de cada grifo abierto mana agua limpia, potable y abundante. Y yo lo siento como un milagro y como un regalo porque, como mis padres y mis abuelos, he crecido con una conciencia clara de su escasez.
Vivo como vivo. Entiendo el mundo de cierta manera, que es la mía y la de algunos otros. Hago cosas o no las hago. Tomo partido o me quedo al margen. Busco la amplitud del mar en los veranos. Y también el agua de los cursos altos de montaña. Soy el que soy y escribo lo que escribo porque de niño el agua se marchaba a algún lugar que yo no conocía. Porque me dolía y me duele su ausencia. Si estoy aquí, escribiendo esto, es porque aquella ausencia me dio la forma que hoy tengo.